¿Por qué siempre me falla la dieta para rebajar? – Periódico El Caribe



Si hacemos dieta y vamos al gimnasio, pero de todos modos, confrontamos dificultad para rebajar y mantener el peso, debemos abordar los “boicoteadores”.

Tener el peso ideal, que es el adecuado a nuestra estatura y complexión, es un tema de salud.

Si estamos en sobrepeso u obesidad eso no debe afectar nuestra autoestima ni amor propio. Sin embargo, procurar un buen peso es necesario para prevenir las graves complicaciones de salud, incluyendo diabetes, cardiopatías, cáncer, que genera el exceso de tejido adiposo –grasa- en nuestro cuerpo.

Pero en nuestra sociedad obesogénica, lograr y mantener el peso ideal se torna difícil. Iniciamos dietas de adelgazamiento y comúnmente las abandonamos. Si una determinada dieta nos funciona y logramos rebajar volvemos a recuperar el peso perdido, aun mayor incluso. El llamado efecto “yoyo” es un acto de compensación metabólica del sistema.

Se comete el error de creer que rebajar es solamente cosa de reducir calorías y ejercitarnos, y “fuerza de voluntad”, para mantenernos fieles a la dieta.

Nadie quiere estar gordo, ni siquiera gorditos felices. Y si constantemente fallamos en mantener el régimen alimenticio que nos fomente peso adecuado y salud, no es necesariamente porque no hagamos nuestro mejor esfuerzo por llevar un estilo de vida saludable.

El boicot vendría de los complejos mecanismos cerebrales, psicológicos, hormonales, metabólicos, genéticos que inciden en nuestra relación con la comida, como también situaciones intrínsecas a los propios alimentos “saludables” que elegimos.

Complejos sí, pero no insuperables. Podemos poner aun a la genética de nuestro lado con el adecuado manejo de nuestra situación particular.

Ese adecuado manejo, vale reenfatizar, va más allá de reducir calorías. Si no son tomados en consideración los otros aspectos incidentes, tan pronto nos “pique” el hambre nos lanzaremos a comer lo primero que aparezca.

Después de un tiempo privándonos de comer como quisiéramos, la necesidad de compensación cerebral acabará por vencernos y abandonaremos. Empezaremos a comer probablemente más que nunca.

Pero, ¿qué es lo que tengo qué hacer para llevar mi dieta, rebajar y lograr un peso adecuado a largo plazo? Respuesta muy extensa para este espacio; cada caso es particular y debe ser evaluado y abordado de manera integral.

Pero aquí un botón de muestra: Desde la simple masticación hasta el estrés o ignoradas intolerancias alimentarias, pueden ser obtusos promotores de sobrepeso y obesidad.

¿Por qué siempre me falla la dieta para rebajar? – Periódico El Caribe



Si hacemos dieta y vamos al gimnasio, pero de todos modos, confrontamos dificultad para rebajar y mantener el peso, debemos abordar los “boicoteadores”.

Tener el peso ideal, que es el adecuado a nuestra estatura y complexión, es un tema de salud.

Si estamos en sobrepeso u obesidad eso no debe afectar nuestra autoestima ni amor propio. Sin embargo, procurar un buen peso es necesario para prevenir las graves complicaciones de salud, incluyendo diabetes, cardiopatías, cáncer, que genera el exceso de tejido adiposo –grasa- en nuestro cuerpo.

Pero en nuestra sociedad obesogénica, lograr y mantener el peso ideal se torna difícil. Iniciamos dietas de adelgazamiento y comúnmente las abandonamos. Si una determinada dieta nos funciona y logramos rebajar volvemos a recuperar el peso perdido, aun mayor incluso. El llamado efecto “yoyo” es un acto de compensación metabólica del sistema.

Se comete el error de creer que rebajar es solamente cosa de reducir calorías y ejercitarnos, y “fuerza de voluntad”, para mantenernos fieles a la dieta.

Nadie quiere estar gordo, ni siquiera gorditos felices. Y si constantemente fallamos en mantener el régimen alimenticio que nos fomente peso adecuado y salud, no es necesariamente porque no hagamos nuestro mejor esfuerzo por llevar un estilo de vida saludable.

El boicot vendría de los complejos mecanismos cerebrales, psicológicos, hormonales, metabólicos, genéticos que inciden en nuestra relación con la comida, como también situaciones intrínsecas a los propios alimentos “saludables” que elegimos.

Complejos sí, pero no insuperables. Podemos poner aun a la genética de nuestro lado con el adecuado manejo de nuestra situación particular.

Ese adecuado manejo, vale reenfatizar, va más allá de reducir calorías. Si no son tomados en consideración los otros aspectos incidentes, tan pronto nos “pique” el hambre nos lanzaremos a comer lo primero que aparezca.

Después de un tiempo privándonos de comer como quisiéramos, la necesidad de compensación cerebral acabará por vencernos y abandonaremos. Empezaremos a comer probablemente más que nunca.

Pero, ¿qué es lo que tengo qué hacer para llevar mi dieta, rebajar y lograr un peso adecuado a largo plazo? Respuesta muy extensa para este espacio; cada caso es particular y debe ser evaluado y abordado de manera integral.

Pero aquí un botón de muestra: Desde la simple masticación hasta el estrés o ignoradas intolerancias alimentarias, pueden ser obtusos promotores de sobrepeso y obesidad.

¿Cómo las emociones afectan la forma en que comemos? – Periódico El Caribe



La comida chatarra parece ser la “comida de la felicidad”, en gran parte por causa de la serotonina.

Si comiéramos solamente por hambre como en eras anteriores, seguramente no tendríamos la presente epidemia global de sobrepeso y obesidad.

Pero comemos también bajo la influencia de emociones: enojo, aburrimiento, estrés, frustración, esparcimiento. Los doctores estadounidenses Mehmet Oz y Michael Roizen aportan interesantes revelaciones sobre qué determina esto.

Las emociones desatan ansias de comida y no precisamente saludable, sino alimentos harinosos, dulces, salados o grasientos.

Esto se explica en la actividad de químicos cerebrales, los cuales influyen determinantemente en por qué comemos determinados alimentos y las cantidades.

Entre ellos, la serotonina. Este neurotransmisor manda al cerebro el mensaje de que nos sentimos bien. El azúcar particularmente estimula la producción de serotonina. Por eso esa grata sensación que sigue al consumo de postres.

Cuando la serotonina es descompuesta por las células cerebrales, termina su buen efecto y para retomarlo, el cerebro demandará más de ese apetitoso “dulcito” u otra delicia azucarada.

La caída de la serotonina también desata una sensación intensa de hambre, que nos induce a querer comer carbohidratos.

Otros químicos cerebrales como la norepinefrina, dopamina y el óxido nítrico, también interactúan en el tema de comida y emociones.

Si estamos en un régimen de control o pérdida de peso es importante tener la conciencia de cómo las emociones dictan nuestras elecciones alimentarias, para evitar ver boicoteados nuestros objetivos.

Si nos sentimos deprimidos, muy probablemente ansiaremos comidas dulces, igualmente si estamos ansiosos. Si nos sentimos estresados, comidas saladas. Si hay celos, todo alimento a diestra y siniestra.

En caso de enojo buscaremos comidas fuertes como carne, alimentos crujientes y tostados. Si tenemos sentimientos de soledad o frustración sexual, ansiaremos comidas como galletas y pasta.

Buscando conocernos mejor a nosotros mismos, determinar qué pasa en nuestro interior, podremos identificar la motivación detrás de un patrón de alimentación descontrolado.

Es una paradoja común que la misma inconformidad con nuestra imagen o la frustración por no vencer la gordura nos ocasiona emociones negativas, disgusto, baja autoestima, las que nos llevan inconscientemente a boicotear nuestros objetivos de alimentación adecuada.

La consciencia es el primer paso para la solución. La sanación del alma se vuelve obligatoria si queremos comer adecuadamente y de manera sostenible.

Hay recomendaciones dietéticas, como consumir alimentos con el aminoácido triptófano, entre otras, para incrementar los niveles de serotonina y mejorar el ánimo sin recurrir a harinas o azúcar.

Existen fármacos indicados para ciertos casos. La verdadera solución vendrá de cultivar la fuerza de voluntad y nuestro ser interior, definiendo el propósito existencial que quizá nos falta, de modo que no haya que compensar vacíos a través de la comida.

¿Cómo las emociones afectan la forma en que comemos? – Periódico El Caribe



La comida chatarra parece ser la “comida de la felicidad”, en gran parte por causa de la serotonina.

Si comiéramos solamente por hambre como en eras anteriores, seguramente no tendríamos la presente epidemia global de sobrepeso y obesidad.

Pero comemos también bajo la influencia de emociones: enojo, aburrimiento, estrés, frustración, esparcimiento. Los doctores estadounidenses Mehmet Oz y Michael Roizen aportan interesantes revelaciones sobre qué determina esto.

Las emociones desatan ansias de comida y no precisamente saludable, sino alimentos harinosos, dulces, salados o grasientos.

Esto se explica en la actividad de químicos cerebrales, los cuales influyen determinantemente en por qué comemos determinados alimentos y las cantidades.

Entre ellos, la serotonina. Este neurotransmisor manda al cerebro el mensaje de que nos sentimos bien. El azúcar particularmente estimula la producción de serotonina. Por eso esa grata sensación que sigue al consumo de postres.

Cuando la serotonina es descompuesta por las células cerebrales, termina su buen efecto y para retomarlo, el cerebro demandará más de ese apetitoso “dulcito” u otra delicia azucarada.

La caída de la serotonina también desata una sensación intensa de hambre, que nos induce a querer comer carbohidratos.

Otros químicos cerebrales como la norepinefrina, dopamina y el óxido nítrico, también interactúan en el tema de comida y emociones.

Si estamos en un régimen de control o pérdida de peso es importante tener la conciencia de cómo las emociones dictan nuestras elecciones alimentarias, para evitar ver boicoteados nuestros objetivos.

Si nos sentimos deprimidos, muy probablemente ansiaremos comidas dulces, igualmente si estamos ansiosos. Si nos sentimos estresados, comidas saladas. Si hay celos, todo alimento a diestra y siniestra.

En caso de enojo buscaremos comidas fuertes como carne, alimentos crujientes y tostados. Si tenemos sentimientos de soledad o frustración sexual, ansiaremos comidas como galletas y pasta.

Buscando conocernos mejor a nosotros mismos, determinar qué pasa en nuestro interior, podremos identificar la motivación detrás de un patrón de alimentación descontrolado.

Es una paradoja común que la misma inconformidad con nuestra imagen o la frustración por no vencer la gordura nos ocasiona emociones negativas, disgusto, baja autoestima, las que nos llevan inconscientemente a boicotear nuestros objetivos de alimentación adecuada.

La consciencia es el primer paso para la solución. La sanación del alma se vuelve obligatoria si queremos comer adecuadamente y de manera sostenible.

Hay recomendaciones dietéticas, como consumir alimentos con el aminoácido triptófano, entre otras, para incrementar los niveles de serotonina y mejorar el ánimo sin recurrir a harinas o azúcar.

Existen fármacos indicados para ciertos casos. La verdadera solución vendrá de cultivar la fuerza de voluntad y nuestro ser interior, definiendo el propósito existencial que quizá nos falta, de modo que no haya que compensar vacíos a través de la comida.

¿Cómo las emociones afectan la forma en que comemos? – Periódico El Caribe



La comida chatarra parece ser la “comida de la felicidad”, en gran parte por causa de la serotonina.

Si comiéramos solamente por hambre como en eras anteriores, seguramente no tendríamos la presente epidemia global de sobrepeso y obesidad.

Pero comemos también bajo la influencia de emociones: enojo, aburrimiento, estrés, frustración, esparcimiento. Los doctores estadounidenses Mehmet Oz y Michael Roizen aportan interesantes revelaciones sobre qué determina esto.

Las emociones desatan ansias de comida y no precisamente saludable, sino alimentos harinosos, dulces, salados o grasientos.

Esto se explica en la actividad de químicos cerebrales, los cuales influyen determinantemente en por qué comemos determinados alimentos y las cantidades.

Entre ellos, la serotonina. Este neurotransmisor manda al cerebro el mensaje de que nos sentimos bien. El azúcar particularmente estimula la producción de serotonina. Por eso esa grata sensación que sigue al consumo de postres.

Cuando la serotonina es descompuesta por las células cerebrales, termina su buen efecto y para retomarlo, el cerebro demandará más de ese apetitoso “dulcito” u otra delicia azucarada.

La caída de la serotonina también desata una sensación intensa de hambre, que nos induce a querer comer carbohidratos.

Otros químicos cerebrales como la norepinefrina, dopamina y el óxido nítrico, también interactúan en el tema de comida y emociones.

Si estamos en un régimen de control o pérdida de peso es importante tener la conciencia de cómo las emociones dictan nuestras elecciones alimentarias, para evitar ver boicoteados nuestros objetivos.

Si nos sentimos deprimidos, muy probablemente ansiaremos comidas dulces, igualmente si estamos ansiosos. Si nos sentimos estresados, comidas saladas. Si hay celos, todo alimento a diestra y siniestra.

En caso de enojo buscaremos comidas fuertes como carne, alimentos crujientes y tostados. Si tenemos sentimientos de soledad o frustración sexual, ansiaremos comidas como galletas y pasta.

Buscando conocernos mejor a nosotros mismos, determinar qué pasa en nuestro interior, podremos identificar la motivación detrás de un patrón de alimentación descontrolado.

Es una paradoja común que la misma inconformidad con nuestra imagen o la frustración por no vencer la gordura nos ocasiona emociones negativas, disgusto, baja autoestima, las que nos llevan inconscientemente a boicotear nuestros objetivos de alimentación adecuada.

La consciencia es el primer paso para la solución. La sanación del alma se vuelve obligatoria si queremos comer adecuadamente y de manera sostenible.

Hay recomendaciones dietéticas, como consumir alimentos con el aminoácido triptófano, entre otras, para incrementar los niveles de serotonina y mejorar el ánimo sin recurrir a harinas o azúcar.

Existen fármacos indicados para ciertos casos. La verdadera solución vendrá de cultivar la fuerza de voluntad y nuestro ser interior, definiendo el propósito existencial que quizá nos falta, de modo que no haya que compensar vacíos a través de la comida.

¿Cómo las emociones afectan la forma en que comemos? – Periódico El Caribe



La comida chatarra parece ser la “comida de la felicidad”, en gran parte por causa de la serotonina.

Si comiéramos solamente por hambre como en eras anteriores, seguramente no tendríamos la presente epidemia global de sobrepeso y obesidad.

Pero comemos también bajo la influencia de emociones: enojo, aburrimiento, estrés, frustración, esparcimiento. Los doctores estadounidenses Mehmet Oz y Michael Roizen aportan interesantes revelaciones sobre qué determina esto.

Las emociones desatan ansias de comida y no precisamente saludable, sino alimentos harinosos, dulces, salados o grasientos.

Esto se explica en la actividad de químicos cerebrales, los cuales influyen determinantemente en por qué comemos determinados alimentos y las cantidades.

Entre ellos, la serotonina. Este neurotransmisor manda al cerebro el mensaje de que nos sentimos bien. El azúcar particularmente estimula la producción de serotonina. Por eso esa grata sensación que sigue al consumo de postres.

Cuando la serotonina es descompuesta por las células cerebrales, termina su buen efecto y para retomarlo, el cerebro demandará más de ese apetitoso “dulcito” u otra delicia azucarada.

La caída de la serotonina también desata una sensación intensa de hambre, que nos induce a querer comer carbohidratos.

Otros químicos cerebrales como la norepinefrina, dopamina y el óxido nítrico, también interactúan en el tema de comida y emociones.

Si estamos en un régimen de control o pérdida de peso es importante tener la conciencia de cómo las emociones dictan nuestras elecciones alimentarias, para evitar ver boicoteados nuestros objetivos.

Si nos sentimos deprimidos, muy probablemente ansiaremos comidas dulces, igualmente si estamos ansiosos. Si nos sentimos estresados, comidas saladas. Si hay celos, todo alimento a diestra y siniestra.

En caso de enojo buscaremos comidas fuertes como carne, alimentos crujientes y tostados. Si tenemos sentimientos de soledad o frustración sexual, ansiaremos comidas como galletas y pasta.

Buscando conocernos mejor a nosotros mismos, determinar qué pasa en nuestro interior, podremos identificar la motivación detrás de un patrón de alimentación descontrolado.

Es una paradoja común que la misma inconformidad con nuestra imagen o la frustración por no vencer la gordura nos ocasiona emociones negativas, disgusto, baja autoestima, las que nos llevan inconscientemente a boicotear nuestros objetivos de alimentación adecuada.

La consciencia es el primer paso para la solución. La sanación del alma se vuelve obligatoria si queremos comer adecuadamente y de manera sostenible.

Hay recomendaciones dietéticas, como consumir alimentos con el aminoácido triptófano, entre otras, para incrementar los niveles de serotonina y mejorar el ánimo sin recurrir a harinas o azúcar.

Existen fármacos indicados para ciertos casos. La verdadera solución vendrá de cultivar la fuerza de voluntad y nuestro ser interior, definiendo el propósito existencial que quizá nos falta, de modo que no haya que compensar vacíos a través de la comida.

¿Cómo son las reacciones alimentarias adversas en adultos?



Una vez iniciada una alergia alimentaria en la vida adulta, persiste el resto de la vida.

Aunque la infancia es la etapa en que se inician la mayoría de los síntomas de alergia por alimentos, hay muchas personas que empiezan a tenerlos después de los 18 años.

Probablemente, por considerarse comunmente como situaciones infantiles, en los adultos las alergias alimentarias permanecen mayormente no diagnosticadas. Causan una diversidad de manifestaciones y esto provoca que estos pacientes se la pasen de médico en médico: gastroenterólogos, dermatólogos, urólogos, ginecólogos, neumólogos, reumatólogos y hasta psiquiatras sin saber qué les pasa de fondo.

La alergia alimentaria puede desatar rinitis, conjuntivitis, asma (pecho apretado), indigestiones, dolor abdominal, diarrea, vómito, estreñimiento, urticaria, dolores en las articulaciones, cefaleas, ansiedad, para mencionar algunos.

Las alergias son reacciones adversas a alimentos desatadas por un mecanismo de base inmunológica. Es decir, nuestro sistema de defensa “ataca” el alimento (en este caso antígeno) como si fuera un agente infeccioso.

Hay reacciones adversas a alimentos no mediadas por respuesta inmunológica (reacciones tóxicas, enzimáticas o metabólicas), actualmente llamadas hipersensibilidades alimentarias, pero que en personas muy susceptibles pueden inducir cuadros clínicos similares a los de las alergias. La historia clínica, con una historia alimentaria minuciosa, es identificada por los especialistas en alergia e inmunología como la primera herramienta diagnóstica para sospechar de reacciones adversas a alimentos por mecanismo inmune o no, en vez de otros diagnósticos.

En los adultos, algunos de los principales alérgenos son frutas y vegetales: manzana, cereza, guineo, pera, zanahoria, maní, soya, apio, piña, tomate, papa, melón, zuchini, pepino, perejil, comino, hinojo, cilantro, anís, mostaza. En estos casos puede haber “alergia pólen-planta” o “alergia látex-fruta”. También los frutos secos, pescados, mariscos y trigo (que engloba panadería y repostería). En adultos la prevalencia de alergia alimentaria se estima entre 2 y 3%. Lo que diferencia una alergia alimentaria de las demás reacciones adversas, es por antonomasia la mediación del anticuerpo IgE (Inmunoglobulina E) aunque también pueden mediar otras inmunoglobulinas.

Alfonso Cepeda Sarabia, alergólogo investigador colombiano, expone que tanto para alergia alimentaria mediada o no por IgE, son requeridas las dietas de eliminación y las pruebas de reto oral, pues ni la historia clínica ni pinches cutáneos de determinación de sensibilización (test más comunes en consultorios de alergólogos) por sí mismas diagnostican con precisión la alergia alimentaria.

El manejo nutricional de la alergia alimentaria consiste en eliminar el alérgeno de la dieta, incluyendo alimentos naturales, procesados o ingredientes que puedan contenerlo, y sustitución para compensar el nutriente. Esto evitará las complicaciones de salud (moderadas, graves y hasta mortales en casos extremos), que causa la ingesta continua o intermitente del alérgeno y prevenir déficits nutricionales. Las alergias a los alimentos están aumentando tanto en países desarrollados como en subdesarrollados, el nuestro entre éstos últimos.

¿Cómo son las reacciones alimentarias adversas en adultos?



Una vez iniciada una alergia alimentaria en la vida adulta, persiste el resto de la vida.

Aunque la infancia es la etapa en que se inician la mayoría de los síntomas de alergia por alimentos, hay muchas personas que empiezan a tenerlos después de los 18 años.

Probablemente, por considerarse comunmente como situaciones infantiles, en los adultos las alergias alimentarias permanecen mayormente no diagnosticadas. Causan una diversidad de manifestaciones y esto provoca que estos pacientes se la pasen de médico en médico: gastroenterólogos, dermatólogos, urólogos, ginecólogos, neumólogos, reumatólogos y hasta psiquiatras sin saber qué les pasa de fondo.

La alergia alimentaria puede desatar rinitis, conjuntivitis, asma (pecho apretado), indigestiones, dolor abdominal, diarrea, vómito, estreñimiento, urticaria, dolores en las articulaciones, cefaleas, ansiedad, para mencionar algunos.

Las alergias son reacciones adversas a alimentos desatadas por un mecanismo de base inmunológica. Es decir, nuestro sistema de defensa “ataca” el alimento (en este caso antígeno) como si fuera un agente infeccioso.

Hay reacciones adversas a alimentos no mediadas por respuesta inmunológica (reacciones tóxicas, enzimáticas o metabólicas), actualmente llamadas hipersensibilidades alimentarias, pero que en personas muy susceptibles pueden inducir cuadros clínicos similares a los de las alergias. La historia clínica, con una historia alimentaria minuciosa, es identificada por los especialistas en alergia e inmunología como la primera herramienta diagnóstica para sospechar de reacciones adversas a alimentos por mecanismo inmune o no, en vez de otros diagnósticos.

En los adultos, algunos de los principales alérgenos son frutas y vegetales: manzana, cereza, guineo, pera, zanahoria, maní, soya, apio, piña, tomate, papa, melón, zuchini, pepino, perejil, comino, hinojo, cilantro, anís, mostaza. En estos casos puede haber “alergia pólen-planta” o “alergia látex-fruta”. También los frutos secos, pescados, mariscos y trigo (que engloba panadería y repostería). En adultos la prevalencia de alergia alimentaria se estima entre 2 y 3%. Lo que diferencia una alergia alimentaria de las demás reacciones adversas, es por antonomasia la mediación del anticuerpo IgE (Inmunoglobulina E) aunque también pueden mediar otras inmunoglobulinas.

Alfonso Cepeda Sarabia, alergólogo investigador colombiano, expone que tanto para alergia alimentaria mediada o no por IgE, son requeridas las dietas de eliminación y las pruebas de reto oral, pues ni la historia clínica ni pinches cutáneos de determinación de sensibilización (test más comunes en consultorios de alergólogos) por sí mismas diagnostican con precisión la alergia alimentaria.

El manejo nutricional de la alergia alimentaria consiste en eliminar el alérgeno de la dieta, incluyendo alimentos naturales, procesados o ingredientes que puedan contenerlo, y sustitución para compensar el nutriente. Esto evitará las complicaciones de salud (moderadas, graves y hasta mortales en casos extremos), que causa la ingesta continua o intermitente del alérgeno y prevenir déficits nutricionales. Las alergias a los alimentos están aumentando tanto en países desarrollados como en subdesarrollados, el nuestro entre éstos últimos.

¿Cómo son las reacciones alimentarias adversas en adultos?



Una vez iniciada una alergia alimentaria en la vida adulta, persiste el resto de la vida.

Aunque la infancia es la etapa en que se inician la mayoría de los síntomas de alergia por alimentos, hay muchas personas que empiezan a tenerlos después de los 18 años.

Probablemente, por considerarse comunmente como situaciones infantiles, en los adultos las alergias alimentarias permanecen mayormente no diagnosticadas. Causan una diversidad de manifestaciones y esto provoca que estos pacientes se la pasen de médico en médico: gastroenterólogos, dermatólogos, urólogos, ginecólogos, neumólogos, reumatólogos y hasta psiquiatras sin saber qué les pasa de fondo.

La alergia alimentaria puede desatar rinitis, conjuntivitis, asma (pecho apretado), indigestiones, dolor abdominal, diarrea, vómito, estreñimiento, urticaria, dolores en las articulaciones, cefaleas, ansiedad, para mencionar algunos.

Las alergias son reacciones adversas a alimentos desatadas por un mecanismo de base inmunológica. Es decir, nuestro sistema de defensa “ataca” el alimento (en este caso antígeno) como si fuera un agente infeccioso.

Hay reacciones adversas a alimentos no mediadas por respuesta inmunológica (reacciones tóxicas, enzimáticas o metabólicas), actualmente llamadas hipersensibilidades alimentarias, pero que en personas muy susceptibles pueden inducir cuadros clínicos similares a los de las alergias. La historia clínica, con una historia alimentaria minuciosa, es identificada por los especialistas en alergia e inmunología como la primera herramienta diagnóstica para sospechar de reacciones adversas a alimentos por mecanismo inmune o no, en vez de otros diagnósticos.

En los adultos, algunos de los principales alérgenos son frutas y vegetales: manzana, cereza, guineo, pera, zanahoria, maní, soya, apio, piña, tomate, papa, melón, zuchini, pepino, perejil, comino, hinojo, cilantro, anís, mostaza. En estos casos puede haber “alergia pólen-planta” o “alergia látex-fruta”. También los frutos secos, pescados, mariscos y trigo (que engloba panadería y repostería). En adultos la prevalencia de alergia alimentaria se estima entre 2 y 3%. Lo que diferencia una alergia alimentaria de las demás reacciones adversas, es por antonomasia la mediación del anticuerpo IgE (Inmunoglobulina E) aunque también pueden mediar otras inmunoglobulinas.

Alfonso Cepeda Sarabia, alergólogo investigador colombiano, expone que tanto para alergia alimentaria mediada o no por IgE, son requeridas las dietas de eliminación y las pruebas de reto oral, pues ni la historia clínica ni pinches cutáneos de determinación de sensibilización (test más comunes en consultorios de alergólogos) por sí mismas diagnostican con precisión la alergia alimentaria.

El manejo nutricional de la alergia alimentaria consiste en eliminar el alérgeno de la dieta, incluyendo alimentos naturales, procesados o ingredientes que puedan contenerlo, y sustitución para compensar el nutriente. Esto evitará las complicaciones de salud (moderadas, graves y hasta mortales en casos extremos), que causa la ingesta continua o intermitente del alérgeno y prevenir déficits nutricionales. Las alergias a los alimentos están aumentando tanto en países desarrollados como en subdesarrollados, el nuestro entre éstos últimos.

¿Cómo son las reacciones alimentarias adversas en adultos?



Una vez iniciada una alergia alimentaria en la vida adulta, persiste el resto de la vida.

Aunque la infancia es la etapa en que se inician la mayoría de los síntomas de alergia por alimentos, hay muchas personas que empiezan a tenerlos después de los 18 años.

Probablemente, por considerarse comunmente como situaciones infantiles, en los adultos las alergias alimentarias permanecen mayormente no diagnosticadas. Causan una diversidad de manifestaciones y esto provoca que estos pacientes se la pasen de médico en médico: gastroenterólogos, dermatólogos, urólogos, ginecólogos, neumólogos, reumatólogos y hasta psiquiatras sin saber qué les pasa de fondo.

La alergia alimentaria puede desatar rinitis, conjuntivitis, asma (pecho apretado), indigestiones, dolor abdominal, diarrea, vómito, estreñimiento, urticaria, dolores en las articulaciones, cefaleas, ansiedad, para mencionar algunos.

Las alergias son reacciones adversas a alimentos desatadas por un mecanismo de base inmunológica. Es decir, nuestro sistema de defensa “ataca” el alimento (en este caso antígeno) como si fuera un agente infeccioso.

Hay reacciones adversas a alimentos no mediadas por respuesta inmunológica (reacciones tóxicas, enzimáticas o metabólicas), actualmente llamadas hipersensibilidades alimentarias, pero que en personas muy susceptibles pueden inducir cuadros clínicos similares a los de las alergias. La historia clínica, con una historia alimentaria minuciosa, es identificada por los especialistas en alergia e inmunología como la primera herramienta diagnóstica para sospechar de reacciones adversas a alimentos por mecanismo inmune o no, en vez de otros diagnósticos.

En los adultos, algunos de los principales alérgenos son frutas y vegetales: manzana, cereza, guineo, pera, zanahoria, maní, soya, apio, piña, tomate, papa, melón, zuchini, pepino, perejil, comino, hinojo, cilantro, anís, mostaza. En estos casos puede haber “alergia pólen-planta” o “alergia látex-fruta”. También los frutos secos, pescados, mariscos y trigo (que engloba panadería y repostería). En adultos la prevalencia de alergia alimentaria se estima entre 2 y 3%. Lo que diferencia una alergia alimentaria de las demás reacciones adversas, es por antonomasia la mediación del anticuerpo IgE (Inmunoglobulina E) aunque también pueden mediar otras inmunoglobulinas.

Alfonso Cepeda Sarabia, alergólogo investigador colombiano, expone que tanto para alergia alimentaria mediada o no por IgE, son requeridas las dietas de eliminación y las pruebas de reto oral, pues ni la historia clínica ni pinches cutáneos de determinación de sensibilización (test más comunes en consultorios de alergólogos) por sí mismas diagnostican con precisión la alergia alimentaria.

El manejo nutricional de la alergia alimentaria consiste en eliminar el alérgeno de la dieta, incluyendo alimentos naturales, procesados o ingredientes que puedan contenerlo, y sustitución para compensar el nutriente. Esto evitará las complicaciones de salud (moderadas, graves y hasta mortales en casos extremos), que causa la ingesta continua o intermitente del alérgeno y prevenir déficits nutricionales. Las alergias a los alimentos están aumentando tanto en países desarrollados como en subdesarrollados, el nuestro entre éstos últimos.